El Valle Oscuro

El Duelo

El espacio ocupado por el quiste (de origen sebáceo), ya está siendo ocupado por otro (del mismo origen) al momento de hacer relación de este relato (espero no redundar). El mencionado quiste (será esta la última vez en que lo mencionaremos) fue extraído en una clínica privada de la ciudad por un afamado cirujano plástico (la fama volátil y pasajera: ¿cuántos de los lectores nunca habrán escuchado hablar de D. M. Cabellovich, el mencionado médico?); que, debemos dejar constancia del hecho, llegó aproximadamente media hora tarde a cumplir sus deberes extirpatorios.

De la sala privada en la que nuestro personaje fue preparado para la operación, fue llevado en camilla por una enfermera ( que por el color de su piel, bien podría haber sido una enferma buscando alguna forma de terminar de pagar su tratamiento) la que (a pesar de lo antes dicho) gozaba de un excelente sentido del humor, el que expresaba de la forma que ahora describiremos.

La camilla (ya lo dijimos, era una clínica privada) no era adecuada para la humanidad de Odysseas Benengeli, sus piernas colgaban cubiertas por una sábana aproximadamente desde la media canilla hacia abajo, lo que a la mencionada enfermera ( Lila era su nombre) le causó demasiada gracia, en cada mesón donde alguna de sus colegas y amigas estaba cumpliendo labores seudoburocráticas, descubría como una mala imitación de Kooperfilgd (el Mago), los pies de Odysseas, que al final del trayecto entre la sala privada y el pabellón, estaban hiperbentilados y bastante avergonzados de un juanete que estaba surgiendo en el pie izquierdo y de otro que ya había alcanzado su esplendor en el derecho.

No es que la camilla mencionada tuviera dimensiones infantiles, por el contrario cualquier Temuconiano promedio se hubiera podido instalar perfectamente en ella (para los fines que estime conveniente), lo que sucedía era que las dimensiones corporales de Odysseas Benengeli eran superiores en muchos sentidos, a las del promedio, y una de las cosas que más molestaba a Odysseas Benengeli era precisamente la injusticia que se cometía al no considerar en los servicios públicos la altura de algunos de nuestros más distinguidos ciudadanos.

Algún tiempo después, y moviendo sus influencias consiguió que la enfermera y el gerente de la clínica fueran removidos de sus cargos (tan removidos que fueron remplazados por otra enfermera menos enfermiza y un gerente que procuró conseguir camillas de dimensiones transatlánticas, que luego ocuparía en muy pocas ocasiones el mismo Odysseas). Una pausa: que el lector no vea en este acto una actitud cruel en nuestro personaje, por el contrario, un fiel apego a principios morales (de una moral muy particular eso sí).

Sigamos con la historia. Luego que D. M. Cabellovich llegó al pabellón, la operación se llevó a cabo sin ningún percance particular y Odysseas Benengeli vino a despertar de la anestesia en su sala privada la que disponía de la confortable vista de un bosquecillo de arrayanes. Esto fue lo primero que pudo visualizar con agrado y perfección al despejarse de los efectos de la anestesia. Muchas cosas pasaron por su mente en ese momento, mientras sentía el parche tirante en el cuello y bajo él tres o cuatro puntos de sutura. Lamentó profundamente no haber traído el libro de Nabokir Vladomov (que extrajo de la colección particular de su pervertido padre), del que recordaba, por extraño paralelismo, el momento en que el personaje (Iván Vano) se recuperaba en una clínica de los efectos de un duelo contra un tenientillo del ejercito. La enfermera que atendía a Iván Vano en su cómoda sala privada era una extraordinaria belleza, y nuestro Odysseas, pensando que el paralelismo continuaría, esperaba que la enfermera que lo cuidaría en su sala privada fuera semejante en belleza a lo que él imaginaba sería en carne, hueso y silicona, la mujer descrita con palabras por Vladomov. Lamentablemente se equivocó, la mujer, era lo menos parecida a la belleza que todos los enfermos del mundo desean que sea su enfermera. La desilusión lo llevó a contemplar la tranquilidad de la brisa que acariciaba suavemente el bosquecillo de arrayanes, y a pensar que todavía le quedaba, al igual que a Vano, el recurso de la fuga. Pidió a la enfermera papel y pluma y se dispuso a escribirle a Kórdula de Pie, que él sabía estaba alojando en su departamento de Pukón.

Tiempo después, gracias a una aventura con Kórdula, pude saber el contenido de la nota (que ella guardaba en una caja fuerte de un banco de las islas Kalimar o Kalamar o Kaimar, etc.). A continuación reproducimos el texto:

 

“Kórdula Querida:

 

Antes que nada, no te alarmes por lo que te voy a decir. Cuando leas estas líneas yo ya estaré bien, y los motivos del sufrimiento ya abran pasado. En un establecimiento nocturno de Temuconia, uno de los pocos que aun conservan su antigua reputación, estaba yo bebiendo un trago que poco a poco se tornaría amargo. A mi lado, un hombre de filudo rostro se reía junto al que pensé podría ser su amante ( un pequeño joven insignificante de rostro muy pálido, quizá demasiado para ser natural y de un pelo muy rubio ...). Lamento tener que decirte esto Kórdula Querida, el hombre se expresaba muy mal de ti, y como tu honor había sido ofendido, me saqué mi guante izquierdo y apliqué en su rostro una bofetada (imaginando que mi guante era un pescado tomado por la cola) invitándolo a un duelo para lavar tu bello nombre. Él eligió el lugar y yo las armas, tu sabes lo bien que manejo la esgrima y le proporcioné a mi oponente la más fina espada, fundida más de mil veces para eliminar toda impureza, muy semejante a la que yo ocupé, teniendo como única diferencia la empuñadura, la que tuve que ampliar para poder tomarla con más comodidad con mi grueso puño.

Como era de esperarse, el infame y descarado llevó como padrino a su pálido “amigo”, a mi me acompañó mi fiel mayordomo (Aurelio es su nombre). El lugar elegido era la cumbre del cerro Ñielolov, la belleza y la tranquilidad del paisaje me aseguraron desde un principio mi triunfo. Debo decirte Kórdula Querida, que mi oponente no resulto ser un principiante en el uso de la espada y el duelo se prolongó por más de quince minutos, primero lo herí levemente en el brazo izquierdo, pero lo suficiente como para ver como su blanca camisa se manchaba de sangre. Incentivado por esto nuestro enemigo contraatacó y me hirió en el cuello a medio centímetro de la yugular, esto le dio demasiada confianza y dejó una parte de su cuerpo desprotejida, ocasión que yo aproveché para atravesar su humanidad y dejarlo tendido de rodillas abrazado de su amante.

Mi mayordomo, demasiado fiel al ver mi herida sangrante me obligó a venir a esta clínica desde donde ahora te escribo, y ese hecho me salvó la vida. En realidad la herida de nuestro enemigo me rozó la yugular y estuve a punto de morir desangrado. Seré atendido por Cabellovich, el cirujano amigo de tu padre, y ya me dirijo a la sala de operaciones. Te ruego que vengas y me saques de este ambiente hospitalicio tan indigno, al salir de la anestesia, te esperaré sin dormir hasta que llegues. Tuyo por siempre,

 

O. A Benengeli

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Tal como esperaba Odysseas, Kórdula desgarró el sobre y de inmediato se dirigió en su limosina hacia Temuconia ha una velocidad vertiginosa, y pensando cuál de sus amantes podría haber sido tan descarado para ponerse a hablar, los datos entregados por su defensor no eran muy precisos ya que por lo menos tres o cuatro de ellos eran bisexuales, esperaría para preguntar más detalles cuando estuvieran juntos.

Cuando llegó Kórdula de Pie, Odysseas esperaba sentado ensayando un rostro dolorido y una mirada febril. Beso suavemente los labios de Kórdula y haciendo un gesto de dolor, se reclinó en la silla. La esperaba ya vestido, no quería pasar un momento más en la clínica. Apoyándose, no muy pesadamente en el hombro de la mujer que no dejaba de mirarlo con admiración, Odysseas huyó de la clínica. Sólo antes de abordar la limosina un guardia lo trató de detener, pero fue abofeteado por Aurelio y el chofer de Kórdula, momento que aprovecharon para irse solos.

Ella llevaba un ajustado vestido blanco, no muy abundante de género, y estratégicamente demostrativo de las cualidades sensuales de su portadora, las incomodidades de las bragas y el sostén no eran necesarias, y la escasa movilidad del cuello de Odysseas le permitía apreciar este detalle con relativa incomodidad.

- Si nos detenemos en el Motel Real estará bien- dijo, sin demostrar la afluencia de sangre a sus zonas erógenas, y digamos también, a la herida del cuello (que aunque no proviniera de un duelo, dolía de igual modo). Ella se limitó a aceptar, mediante un gesto sencillo, casi invisible para alguien poco atento: prender la luz señalizadora del auto y comenzar a frenar.

Como todos los lectores de Temuconia saben, o los que algunas vez han venido a tener aventuras por estas tierras, el Motel Real se encuentra en la salida sur de la gran metrópolis histórica y desde tiempos inmemoriales, la familia de Odysseas tiene acceso sin restricciones a sus habitaciones. Ya dentro de una de éstas se dirigieron a la cama rodeada de espejos.

- Kórdula Querida, te ruego me permitas, mientras dura mi convalecencia, que yo me gane abajo- y ella, nuevamente en silencio, respondió quitándose el vestido y montándose sobre el largo cuerpo de Odysseas que ya presentaba una notoria erección. Con el más pequeño de sus dedos, Kórdula acarició los contornos de la herida cubierta con gasa blanca, y rasguñó suavemente la piel irritada de Odysseas que rodeaba a su boca.

- Se lo mucho que te gusta mi barba Querida, pero lamentablemente he debido afeitarme por la operación, te aseguro que en cuanto me quiten los puntos me la dejaré crecer nuevamente. Ahora hagamos el amor.

Muy temprano en la mañana continuaron el viaje hacia Pukón, donde Aurelio el mayordomo y el celoso chofer de Kórdula los esperaban.

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